jueves, febrero 21, 2013

La eterna respuesta


Para E.G.G.

Suena el teléfono y lo levantas con el ánimo neutro de quien no espera más que aquella consulta técnica que quedó pendiente o un aséptico encargo de trabajo o la difusa solicitud de información de algún desconocido. Sólo esperas una voz intrascendente, un tono vacío, una cadencia que en nada altere el serio carácter que aparentas. Pero una vez entre mil, ese teléfono que suena siempre de la misma manera, siempre con la misma queja repetida, se descuelga dejándonos palabras inesperadas y alguna lágrima. Entonces, cuando cuelgas, te llevas las manos a la cara y sientes cómo los pequeños caracoles del desasosiego y la angustia van dejando tu piel impregnada de su espuma, cómo van recorriendo tu cuerpo con la lentitud con la que se construyen las incertidumbres. Después dejas pasar las horas, sales a pasear bajo un cielo lluvioso de nubes bajas, embarras tus botas en el camino mientras piensas. Y ahora llamas tú y al otro lado del teléfono alguien, esa voz que quieres, te dice que el mundo está ahí para comérselo, que esas pequeñas cositas que no conocíamos y que han venido a visitarnos por sorpresa se marcharán pronto. Y es que hay días así, como el de hoy, en los que es mejor no hacerse ninguna pregunta, sólo dar la eterna respuesta del paso hacia adelante.

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